26.11.09

Noviembre


Noviembre
Lugar: San Jose de Cecce - Huanta.
Aquella mañana del diecinueve de noviembre, mientras el sonido de la lluvia y los primeros rayos de luz se metían por la de la diminuta ventana, intente abrir los ojos tomándome la cara con ambas manos, tratándome de quitar la modorra matinal de todos los días. Para mí, era una delicia levantarme escuchando el sonido de la lluvia al alba, e imaginar a millones de gotas suicidas terminando su corta existencia al golpearse contra las paredes, los vidrios y las aceras, muriéndose extasiadas de emoción deslizándose en los tejados, el pavimento y las puertas. Era muy divertido imaginarme la calle hecha un lodazal, con aquel olor a tierra mojada que se incrusta en los pulmones y hace que miles de recuerdos evoquen imprecisos, desordenados, en tan pocos segundos. Es divertido, pensé, escuchar a los lejos como la señora de la tienda de la esquina, hace el intento de meter la llave en el orificio del viejo candado amarillo, casi en forma heroica, sujetando su horrible paraguas negro con la boca, mientras encolerizada, vocifera palabrotas acordes a su mediática desesperación. Me era divertido suponer a la señora de la casa verde de en frente, empapándose la ropa mientras trataba de buscar la manera de llevar a su hijo a la escuela, el que a su vez, y en un mero descuido, aprovechaba para meter en forma oculta el trompo en la mochila sin que su progenitora se diera cuenta. Aquella mañana hice una mueca al imaginar a todas aquellas personas que empezaban a poblar las veredas, con sus zapatos cuidadosamente lustrados, con aquel brillo que exigen los cánones del buen gusto y la decencia, hasta podría decirse que casi con esmero castrense, pero que al poco rato, habrán de tener el triste destino de convertirse en una suerte de desastres de betún, cuero y barro. Me era divertido imaginar miles de cosas, pero cuando me quite las manos del rostro, me di cuenta de que algo había cambiado, y en realidad no era tan malo, quizá fue algo tan imperceptible como el frio en los pies o un parpadeo inesperado, no lo sé, pero comprendí que era un jueves, que afuera llovía a mares, que el mundo giraba aunque yo no este. Entendí que cumplía treinta años, y que ya nada era igual, que sin darme cuenta, había dejado tantas cosas atrás, en las que ya no pensaba, y que solo las mentes atormentadas escribían sobre lo que no podían entender. Me di cuenta que era una mañana distinta. Me di cuenta que tanta tristeza no valía la pena, y que al fin y al cabo, todo se resume en caminar y vivir. Me di cuenta que era hora de decir: Adiós.
aldobendezú

21.9.09

Puertas de Rostro



"Puertas de Rostro"

Lugar: Capilla Villa Huanta









Esta lúgubre manía de vivir,
Esta recóndita humorada de vivir,
Te arrastra, Aldo, no lo niegues.

Hoy te miraste en el espejo,
Y te viste triste, estabas solo.
La luz rugía, el aire enfriaba,
Y la soledad te miraba de reojo.

Quizá enviaras mensajes,
Quizá sonreirás de vez en cuando,
Pero siempre taparas tu boca
Con ambas manos,
para evitar hablar de tus muertos.

Oirás a lo lejos el bullicio de la gente,
De donde nacen las risas,
Y recordaras aquellos abrazos del fantasma,
Que te despertaba por las noches.

Pero nada de angustias, Aldo.
Aprendiste a reír en el pañuelo,
Y a llorar a carcajadas,
A cerrar las puertas de tu rostro,
Para que cuando te vean,
No sepan quién eres.





aldobendezú

14.9.09

Hojarasca


"Hojarasca"
Lugar: Pampalca - Huanta
.
Cuando Madeleine empezó a reír, no se percato precisamente en el rostro contrariado de Esteban. Solo escapó la vista a un punto hueco de la vereda, quizá a una pequeña mancha, o en alguna imperceptible sombra. Su risa era vulgar, tan vulgar como el sonido insoportable de los vendedores de la calle o peor aún, como el grito histérico de una niña engreída sin remedio. Esteban se mantenía inmutable, abúlico, sereno, hasta el punto de ni siquiera intentar hacer algún gesto desaprobatorio. Lo que había escuchado segundos antes de aquella patética risa, le ensombreció el corazón entendiéndolo como la cosa más triste del mundo, y quizá le resultaría muy difícil poder asimilarlo al principio. Sin embargo, se tomo la frente, la miro a los ojos, respiro hondo y se puso a caminar. No volvería a ver a Madeleine nunca más.

Esteban conoció a Madeleine un viernes por la noche, entre giros de vasos repletos de vodka y cigarros consumados hasta el desespero, aquello que llaman azar y que suele entrometerse sin permiso, como una especie de ruleta del destino jugado con descuido, lo que a su vez provocó el desorden en la conjugación de lo que él conocía como universo y en el movimiento circulatorio normal de las cosas, y aunque recordaba exactamente cuándo y cómo, siempre creyó que eso no importaba tanto, quizá porque entendía que fue una de esas noches en que lo imaginario se disfrazó instintivamente de lo real, atiborrando todas las sensaciones complejas creíblemente existentes en una sola noche, aquello solían llamar amor.

Durante mucho tiempo, Esteban consagro su vida al simple hecho de llenar otra vida, resolviendo problemas ficticios, preocupándose en mezquinos lamentos, idealizando todo aquello que suele ser incongruente. Hasta ese entonces, no se preocupo en la satírica repercusión que podría tener el descontrol de su accionar. Nada habría de importar tampoco. Parecería difícil entender este tipo de comportamiento, tan inverosímil, como una hojarasca de malos hábitos, como un compendio de soslayados errores.

Los viernes son días tan complejos y más aun, para tomar decisiones tan significativas, caviló mentalmente Esteban, mientras abrazaba a Madeleine y esperaban juntos el carro de vuelta a casa, a la salida del cine. La película resulto un fiasco y el desanimo al terminar de verla hizo que el silencio se instalara durante todo el trayecto hasta el paradero, pero ni esto disminuía sus ganas por decir lo que sentía. Nunca estuvo tan determinado y más aun de algo que venía dándole vueltas a la cabeza durante tanto tiempo. No se percato en la tartamudez de su voz, ni en el repentino sudor de sus manos, ni en el acelerado ritmo de sus latidos, ni en lo inapropiado del lugar. Debía decirlo ahora. Y así lo hizo. Al terminar, Madeleine se empezó a reír.
aldobendezú

3.9.09

Aquella cuenta regresiva


"Aquella cuenta regresiva"

Lugar: Camino antiguo - Luricocha.















Mientras estuvo sonando el teléfono, el tiempo parecía haberse detenido, los segundos no pasaban y hasta pude tener la histérica sensación de que el mundo habría dejado de girar en aquel desesperado momento. Al otro lado de la línea, papá levanto la bocina, aun semidormido con su característico aire despreocupado, aquel que contagia sosiego y que calma cualquier intento de consternación inusitada. En lo exabrupto de la escena, lo único que me importaba era escuchar su voz una vez más, y cargar en un suspiro la tranquilidad de que estuviese ahí, aunque él nunca entiendese por qué.

Es difícil comprender todos los pensamientos que a uno le inundan cuando de la nada, recibe una llamada y se entera de la peor noticia de todas. Aquella que te deja sin habla y no sabes que contestar. Quizá cualquiera en su afán de querer encontrarle un motivo, una razón suficiente para entenderlo, originaria, muy al contrario, la peor confusión que un hijo pueda advertir, aquella que paraliza el corazón y llena de estupor todos los sentidos. Y nunca se sabrá qué hacer cuando en el día menos pensado, llaman para decirte que tu padre ya no está, que ha muerto.

Entre tanto que limpiaba mis zapatos y sacaba la casaca negra de cuero del closet, aquella que hacía mucho tiempo que no usaba, pensaba en las incontables veces en que reté a mi padre por cuestiones que ahora me parecían insólitas, hasta el punto de ser estúpidas. Me preguntaba por qué los hijos debíamos de entender de la manera más difícil o comprender de la forma más complicada, aquello que llamamos vida, pero que sin darnos cuenta, somos guiados silenciosamente por estrellas cómplices en las noches más oscuras. Aquellas estrellas que te vieron nacer y que te trajeron a este mundo para que rías y llores todo lo necesario para poder aprender.
.
Recogí las llaves de mi cuarto y me puse los lentes, mientras respiraba pesado y sentía que algo me apretaba el pecho. Ya, afuera, en la calle, aceleré un poco el paso, impulsado por una suerte de cuenta regresiva imaginaria que calculaba a cada bruñado de vereda que dejaba. Debía de llegar a la casa de Marco, y faltaba poco para la media noche. Debía de darle un gran abrazo y decirle que esas cosas pasan, que el mundo es así. Debia de decirle que Dios nos pone estas pruebas, que debe ser fuerte, que la vida nunca es como la planeamos por más que nos esforcemos, que aunque su padre haya muerto, debe recordar que fue un buen hombre y jamás olvidarlo. Pero mientras pensaba en todas estas cosas, sentía que mis ojos se inundaban y que mi voz desaparecía. Decidi de momento, buscar el telefono mas cercano, y no pense en otra opción que ir al parque. Para cuando llegué, me sujete tan fuerte como pude, levante la cabeza al cielo y respire hondo, y a medida que marcaba uno a uno los números de casa, deseé enormemente decirle a mi padre, aun en vida, cuanto lo quiero.


aldobendezú

12.6.09

Carta a Patricia


"Carta a Patricia"
.
Lugar: Barranco - Lima
.
Querida Patricia:

Han pasado algunos días desde que te vi por última vez, y puedes llamarme orate, o tal vez tonto, pero fue exactamente en el momento en que nos despedimos aquella noche y te perdiste formando una sombra en la acera, complementándose la escena, con el silencio de la calle, el color ámbar del farol que se perdía en el cielo, el frio en mis manos, el ruido de mis zapatos, y no sé, tantas cosas; que fue ahí cuando sentí, después de mucho tiempo, eso que se llama soledad. Desde entonces, he tenido la necesidad de redefinir, a estas alturas de mi vida, lo que es la soledad, en la medida de lo posible. La soledad, mi querida Patricia, se podría explicar de muchas maneras, que pasaría toda la noche escribiéndote, y llenando tantas palabras como hojas, y aun así, sé que sería en vano, porque no sabría explicar lo que justamente quiero decir, pero supongo que haré el intento.
.
Ayer, durante la cena, mientras esperaba que el café se enfríe en la mesa, me puse a revisar los papeles que tenia dentro del maletín azul; el que llevo de vez en cuando, porque me suele pasar que no recuerdo nunca, el contenido real del mismo, llegando al colmo de que puedan transcurrir días, o quizá hasta semanas, cargando documentos que en su momento fueron muy urgentes, y a los que ya los había dado por desaparecidos, y que pasado un tiempo más tarde, me daba con la sorpresa de que los había llevado siempre conmigo. De estas situaciones absurdas es que suelo reírme sin remedio, tú lo sabes, además, que mas me quedaría, es por eso que nunca dejaré de sorprenderme hasta qué grado insospechado, podría ser yo, una persona tan distraída. Entonces, mientras exploraba en el maletín, encontré, junto a unos informes, algunas valorizaciones y unos cuantos caramelos, un libro de Bryce, de tapa blanca y de pocas hojas, que no hacía mucho, había terminado de leer. Fue cuando recordé inmediatamente una frase que leí en sus primeras páginas, y que para mi sorpresa, no había olvidado marcarla doblándola en la esquina superior derecha de la hoja, como solía hacerlo. La frase dice: “La soledad, es una manera incompleta y única de estar en el mundo. Es cuando tenemos la convicción de que hay una persona que existe, y constatamos que esa misma persona nos hace falta”.

“(…) Es posible que me hubiera aniquilado de la tristeza, si no me reanimase la facilidad para redescubrir la parte cómica de las cosas”, o “la parte buena de las cosas”, reza otra frase que leí hace algún tiempo, en un poemario de Sabines, y que cada ciertos días, me lo repito a mí mismo. La soledad, Patricia, no se debe entender como un estado de depresión, y eso lo sé yo, más que nadie. Entonces no podría decirse que estoy deprimido, aunque hace algún tiempo, haya sido el estado normal de mi ánimo. Pero en fin, no es depresión, Patricia, mas bien, podría decirse que es como una cierta dificultad de ser, nada más, de ser lo que soy, porque se sufre la dolorosa experiencia de una ausencia, de una ausencia que pensé no volver a sentir jamás, y que desde ese día en que tu imagen desaparecía en la esquina, al ritmo lento de tu caminar, se ha ido acrecentando de una manera aterradoramente hermosa.

Pronto será pasada la medianoche, y acá todo es silencio. Estas calles podrían prestarse para el relato más triste de Sábato, o la canción mas melancólica de Silvio, y a pesar de eso, camino por en medio de ellas, como si probara, a cada paso que doy, que la poca cordura que tengo, aun sigue vigente; apoyándome de vez en cuando, en sus paredes de barro seco, o sentándome, cuando el cansancio lo amerita, en sus veredas asimétricas, o en las bancas enfermas de sus parques solitarios. Si tengo suerte, es posible que la lluvia me despierte del letargo en el que me encuentro y me regale uno de esos abrazos que empapan la ropa y estropean los zapatos. Pero no siempre es así, y no queda más remedio que levantarse, llegar al cuarto, cerrar los ojos y esperar que el día termine de apretar el metafísico gatillo. Y es triste, en verdad, es triste. Pero de un tiempo a esta parte, Patricia, e inexplicablemente, ya no es así. Quizá porque antes de acostarme, se dibuja en mi rostro una insólita e indolora sonrisa, y mis ojos se clausuran llevándose consigo la imagen del papel fotográfico colgado de la pared, que en su mixtura de colores, lleva grabada los rasgos de tu sonrisa, y que a su vez me transporta, casi automáticamente, al instante mismo en que te vi por última vez.

He pasado la noche escribiéndote, y no sé si he llegado a cumplir la difícil misión de hacerme entender, que desde ya debes saber, es una tarea de lo más complicada para mí. Entonces, puedo decir, mi querida Patricia, que a partir de ahora, y aunque soy conciente de lo trillado que puede sonar, la soledad, consistirá en contar los días en que he de esperar, para poder volverte a ver.

Gabriel.
aldobendezú

20.1.09

Carlos, mon bébé Carlos



"Carlos, mon bébé Carlos"

Lugar: Casa de Mamá - Lima










Carlos llegó a este mundo una mañana de enero, hace ya un año, un veintidós de enero para ser mas exacto, y quizá ese día no hubiese tenido nada de especial, sino fuera porque aquel mundo que tanto yo conocía, con aquel sol triste acompañado de blancas nubes tímidas que acariciaban el inmenso cielo gris… cambió. Cambió para siempre.

Aun guardo en la memoria la imagen mía limpiando con ambas manos las lagrimas que se me salían de los ojos obnubilados y confusos, mientras mi madre me decía que Carlos estaba en camino, acariciándome la mejilla y repitiéndome frases que casi no entendía, como que la vida es así, que Dios hace las cosas por algo, que las cosas hay que aceptarlas como son. Mi padre sujetándome el hombro en un intento fallido por contagiarme su calma. Pero yo no entendía nada, o quizá no quería entender. Y mientras miraba aquel cuadro de pintura de marco verde que colgaba en la pared de la cocina, y que en realidad nunca me gusto, el dolor se enfocaba en sus trazos toscos, en su fondo oscuro, en su irritante color marrón, y en mi mente se dibujaba el rostro de mi pequeña hermana, aquella que para mi era una niña, mi pequeña niña, y que ahora dejaría de serlo muy pronto. Yo que recién había llegado de un largo viaje, y traía en la maleta la miniatura de mi mundo perfecto, sintiendo amor, y creyendo que me amaban, cual tontuelo que arma un rompecabezas con piezas exactas, y se da cuenta después que ninguna encaja. El punzón comenzó en el estomago, para luego trasladarse al pecho y después apareciendo en mi boca impidiendo que pudiera articular alguna palabra. Y no supe más que paso. No supe que paso durante los siguientes nueve meses.

Recupere la conciencia una mañana de diciembre, después de la noche que siempre entendía y llamaban como navidad. Y en el temblor de mis brazos y de mis piernas, entre botellas de ron apiladas en el suelo, y miles de pastillas revueltas sobre la cama, sentí como un grito callado por mucho tiempo, emergía e incendiaba mis pulmones, quemando mi garganta, recorriendo un tortuoso camino hacia mi lengua, trayendo consigo la peor miseria que hubiera podido existir, y saber que no tenia a nadie, que había perdido el amor de una mujer, que había perdido el calor de mi única familia, y lo peor de todo, que me había perdido a mi mismo.

Y el mundo cambio para siempre. Aquel día en que mi mano aun nerviosa, buscaba el timbre de la puerta de la que siempre fue mi casa. En la mochila la foto de un bebé guardada como si fuera el mayor de los tesoros. Creo que fue un viernes. Y cual hijo prodigo que regresa a su hogar, abracé a mi padre con tanta fuerza como hacia meses no lo hacia, bese a mi madre con tanta ternura como hacia años no lo hacia, y llore con mi hermana con tanta alegría como nunca lo había hecho. Y entonces lo vi por primera vez, era Carlos, estaba dormido y en silencio. Me acerque a tomarle la mano y a escuchar sus latidos que se confundían con los míos. Y lo supe en ese momento. Supe que el mundo había cambiado para siempre… o al menos mi mundo.

Feliz Primer Cumpleaños Carlos, mon bébé Carlos.
aldobendezú

21.9.08

Pequeña historia sobre estrellas y caramelos



Pequeña historia sobre estrellas y caramelos

Lugar: Capilla Cedrocucho - Huanta - Ayacucho













Ana se sentó en la acera presumiendo que la noche era lo suficientemente oscura para que nadie lo notase, solo quería dejar pasar el tiempo mientras aquella última noticia recibida sea digerida con la tranquilidad necesaria. Muy en el fondo sabia que esto era casi imposible. Hacia frío y eso dificultaba aun mas las cosas. Se abrazo a si misma para calentarse un poco, o para al menos dejar de temblar, aunque no sabia si era esa la razón por la que temblaba o era por el miedo. El aire lo sentía pesado, y los pies cansados, los ojos como nubes, las manos como piedras, como aquella vez en la calle Hungría, en que tuvo la primera pelea desde que empezaron a salir con Juan. De lo que estaba segura era que no quería llegar a casa. De vez en cuando miraba a los lados, a fin de tener el tiempo necesario de levantarse y limpiarse las lagrimas por si pasara alguien conocido, aunque dudaba de eso por ser algo tan remoto, era una ruta por la cual nunca se le ocurría venir. Además la ciudad era grande, pero a la vez tan pequeña para ella en ese momento, pensó. El papel que tenia en la mano, blanco con letras negras y rojas, completamente arrugado, completamente estropeado, era como un tesoro del que nadie quisiera saber. En el bolsillo del lado derecho de la casaca azul, aquella de botones de madera, aquella que le regalo papá sin querer en aquel día en que salieron juntos al centro de la ciudad, y solo porque ella se moría de ganas de tenerlo; hermoso en el escaparate y todo eso, y además porque si no se lo compraba, papá tenia que soportar la misma escena de mal gusto de berrinches y malas caras de niña engreída sin remedio; de aquel bolsillo sacó dos caramelos, un lapicero y un poco de papel higiénico. Se limpió el rostro, debajo de los ojos, los pómulos, la nariz y como deseaba limpiarse lo que tenía en la mente, usando ese delgado material blanco podría llevarse las tristezas y los malos pensamientos. Luego desenvolvió uno de los caramelos, era de limón, esos que regalan en las oficinas o lugares donde se precian de tener buena atención, lo metió en la boca y lo escondió por debajo de la lengua, y hasta ese momento se dio cuenta que hacia eso cuando estaba nerviosa. No quería llegar a casa, de eso estaba segura, bueno era de lo único que estaba segura. El mundo era como un sueño, y aquella calle desolada como la peor pesadilla, algunas estrellas y la luna muerta. Tenía los labios resecos, no había probado nada durante toda la tarde, solo un caramelo, también de limón, mientras miraba el reloj de espera, uno redondo y de letras muy gordas, y llegaba su turno de atención, de eso ya habían pasado varias horas. Pero eso no le preocupaba, por su cabeza pasaban tantas cosas, que sentía que se le salían y se deslizaban por las orejas, y llegaban al pavimento convertidas en sombras grises formándose charcos imaginarios que le manchaban los zapatos. Ana no sabía que hacer, pero estar sentada ahí para siempre, no era lo correcto, eso si lo sabía muy bien. Y se preguntaba como estaría su mamá, seguro ya echada en cama, viendo alguno de los noticiarios, y papá en la sala, terminando de leer el periódico del día o quizás preparándose un café en la cocina. Juntó las rodillas y posó el brazo izquierdo por sobre encima de ellas, apoyó la barbilla sobre la muñeca, mientras con mucho temblor levanto la mano derecha, con el papel que sujetaba en ella, lo puso a la altura de sus ojos y lo leyó por enésima vez. Y lo leía y lo releía, como quien ve una palabra en chino o finlandés, pero se dio cuenta que algo había cambiado, esta vez sonrió un poco, o al menos eso parecía, porque hizo una mueca torciendo los labios, como quien hace un esfuerzo en vano por esbozar una sonrisa, además no podía ser tan malo, quizás mamá llore un poco, quizás mucho y papá se quede callado, de repente Juan no se asuste tanto. Y empezó a sentir como una fuerza le venia de muy dentro, y del cielo sentía como le alumbraban miles de estrellas. No podía ser tan malo, que tonta, se dijo. Y desde ese momento amo esa palabra, la amo tanto que los ojos aun llorosos le brillaron como dos soles gigantes. Amó esa palabra, amó cada silaba, cada letra, cada curva, cada rayita, la amó tanto que le dio un beso. Un beso de cinco minutos, un beso de un millón de minutos, nunca supo cuanto. Aquella palabra que en una prueba de embarazo decía positivo.
aldobendezú

10.9.08

Café



Café (... para vivir)

Lugar: Casa de la Bisabuela - Cangallo - Ayacucho














La señora Maria muchas veces se olvida mi nombre, y cuando lo hace, pone su cara graciosa de no saber que hacer, mira a todos lados, al suelo, al apilado de papeles sobre mi escritorio, a sus manos, al fluorescente, a la puerta, y no lo recuerda, entonces muy temblorosamente solo atina a decirme joven o quizás ingeniero, en el mejor de los casos, pero con un rubor melancólico, como si ya desde el momento mismo de esa suerte de amnesia caprichosa, solicitara el perdón que esta tácitamente otorgado. Deja caer la galleta cerca de mis manos, la de chocolate, y a veces le pido que me dos, solo cuando la noche anterior, igual de caprichosa, haya sido tan larga que no me dejara abrigar el sueño por mucho tiempo, y me levante tarde, por lo que el desayuno pasa a ser una merienda casi inexistente. La señora Maria viene todos los días, casi siempre a las diez de la mañana, quizás por costumbre, o porque sabe que los que no comieron nada, solo pueden soportar hasta esa hora sin levantarse de sus asientos para salir presurosos a la bodega mas cercana a comer algo. En su canasta trae panes con queso y jamonada, galletas de chocolate y vainilla, y alguna que otra gaseosa. Pocas veces se le ocurre traer café en un termo rojo pequeño, y sirve en vasos blancos de tecnoport, pero cuando lo trae, todos nuestros ojos brillan como imaginando la delicia de un sorbo, negro y con poca azúcar. Eso ella lo sabe. Quizás el sabor tiene algo mas, ya que el paladar no confunde, y cuando tomo el vaso entre mis manos, mi mente me lleva a otro lugar, y aunque parezca extraño, escucho en aquel momento como mi madre termina de servir el café a en la taza verde de papá, mientras él coloca al bebé en su silla, arreglándole el babero, dándole un beso en la frente, y mi hermana, apurada por ir a sus clases, corta el queso en tajadas, como quien aprovecha el tiempo para que su leche se enfrié un poco. Y en aquella cocina, con aquel mantel crema a cuadros, aquellos individuales de color verde oscuro, la panera amarilla, la mantequillera blanca, los cubiertos plateados, todo ahí, y yo, sentado, mirando esa escena perfecta, como teletransportado en la distancia. Suspirando sorbo a sorbo. Pero solo es un momento. Termina cuando Jesús me pregunta sobre porcentajes de alguna valorización. Termina cuando Wily me toca el hombro y me pide que firme algún documento de alguna de las obras a mi cargo. Termina cuando el maldito celular suena impaciente, seguramente por algún proveedor o alguien de la oficina, o también termina cuando la propia señora Maria estira la mano pidiéndome que le de los dos soles que le debo por el café. Entonces me doy cuenta que solo fue un momento. Un precioso momento. De esos que te curan el alma y te llenan de ganas de comerte el mundo, inflándote el pecho hasta donde alcancen tus pulmones. Y mientras vuelvo en mí y hurgo en mis bolsillos buscando esas dos monedas, le pido a la señora Maria que mañana no olvide traer mas café, siempre en su termo rojo pequeño, siempre negro y con poca azúcar, siempre a las diez de la mañana, por favor, aunque sé que es probable que olvide mi nombre.
aldobendezú

12.10.07

Eso que llaman trabajo




"Eso que llaman trabajo"

Lugar: Huaynacancha - Huanta - Ayacucho
.
.
.
.
.
.
Eso que llaman trabajo, se traduce por mera complicidad con la actual coyuntura agreste, en stress endulzado y cansancio silente. Pocas veces se presenta la oportunidad de por pequeños momentos, distraerse o abstraerse, deprimirse u olvidarse, lo primero que se de, convirtiéndose, en un instante, en silbido hueco y mirada perdida. Casi nunca se tiene tiempo para la insana retrospectiva a imágenes de sueños olvidados y ojos vidriosos. Y aunque pocas veces se tenga la firme idea de lo que realmente se esta haciendo, le puedo llamar trabajo.

Eso que llaman trabajo, hace que mis pies se conviertan en resortes por las mañanas y bolsas de plomo por las noches; hace que mire al espejo cada día repitiendo frases de muchacho optimista que nadie en su sano juicio creería, y que con la frente fresca gira el picaporte siempre hacia la nada. Yo no sé. Que se puede decir. Todo esto de andar ordenando y recibiendo ordenes, esto de respirar sin preguntarse porque uno lo hace, supongo que algún día habrá de terminar, y caerá como agua que rebalsa, la oscura hora que me sorprenderá una noche de octubre, recostado sobre la cama, con las piernas cruzadas y los manos sobre la almohada, en medio de una larga expiración, y me inundaré con recuerdos de olor a cabello mojado, figura de una ceja elevada, sonido de risa eterna. Tantas cosas. Tantas cosas. Pero no me he rendir. Eso no. No lo haré. Y entonces sin pensarlo dos veces, meteré por mis oídos, ordenes de alcaldes y gerentes rabiosos; incrustare en mis ojos, imágenes de informes y planos confundidos; aspiraré por mi nariz polvo de cemento y polvo de tierra gris sin miedo, y solo hablaré de cronogramas ejecutados y valorizaciones mensuales sin descuento. Y ya no me deprimiré. Ya no. Todo será stress endulzado y cansancio silente. Eso que llaman trabajo.

20.6.07

Esperar



"Esperar"

Lugar: Huamanga - Ayacucho











Sin mas miedo, que el miedo normal, me levante hoy con los parpados pesados y la insoportable necesidad de mirar hacia el techo blanco de mi habitación, con su grietas, con sus manchas; y luego la triste realidad de no tener mayor gusto que sentarme al borde de la cama preguntandome a donde fue a parar el par izquierdo de mis zandalias, mirar por debajo del ropero, y yo tan distraido como siempre, casi compungido, por olvidar en que momento el par derecho habria decidido quedarse en su sitio a pesar de la revolución que se dan todas la noches, cada noche, cuando llego al cuarto, cuando las botas saltan de mis pies exigiendo libertad, y las medias suzurran entre ellas las anecdotas de la triste historieta de sufrida caminata, la camisa ya perdiendo la honra se escurre por entre el suelo hasta llegar a rincon mas seguro mientras que mis pantalones callan, solo callan, sin mas remedio que soportar el maltrato y las patadas, los revuelcos y los torcijones de un sonambulo ocupante hasta extirparme de ellos definitivamente. Quizas no lo es tanto con mi reloj y la billetera, pues aunque nunca sé de sus paraderos exactamente, siempre estan cuando los necesito. Luego el sumegirme por dentro de las sabanas mirando de reojo los numeros que indican el reloj sobre el televisor, aunque sin mucha fortuna, acomodando la almohada, peleando casi con ella, y nunca se acomoda, hasta dar al piso maldiciendome, y yo maldiciendola. Y contar hasta mil para ver si algun ojo se digna en cerrarse, pero nada, al final la oscuridad se apodera las pupilas por suerte o por magia. Hoy amaneci con los parpados pesados, y lo mas problable es que haya sido por la mala noche de ayer. Por la larga espera de ayer. La espera de siempre.
Aldo Bendezú I.

14.1.07

Un mundo (para jugar)




"Un Mundo (para jugar)"
Lugar: San Jose de Cecce - Huanta - Ayacucho


Mis manos están frías. Mi cara también. Creo que son las cuatro de la mañana y mi madre a mi lado izquierdo duerme como una roca. Veo la ventana con su luz opaca y pienso que hay un mundo allá afuera, con gotas de lluvia mojándome la cara, mientras extiendo los brazos e intento atraparlas con la palma de mis manos, pero muchas veces no puedo porque papá corre demasiado a prisa, y mientras me carga, me tapa con una manta y entonces las gotas se hacen inalcanzables. Ahora me sobo los ojos y me siento sobre la sabana, sujetándome las piernas. Mi padre a mi lado derecho, ronca de una manera casi melódica y graciosa. Veo la luz que escapa por debajo de la puerta y me gusta pensar que hay un mundo allá afuera. Con hormigas en el piso de las veredas que puedo sujetar con los dedos, hacerlas tropezar con piedritas o ponerlas en la punta de mis zapatos, pero casi nunca puedo porque mamá me levanta con cara de espanto cuando baja la mirada después de haber esperado el vuelto por unos caramelos. En verdad me gusta pensar que hay un mundo allá afuera, que es más que esta babucha, que este oso marrón, que este cuarto azul. Casi siempre me levanto a las cuatro de la mañana. A razón de que? No lo se. Quizás sea porque pienso que el día se hace esperar demasiado o tal vez sea por el miedo a perder mas el tiempo. Y me desespero. Y entre tanto silencio escucho un grillo desafinado y terco. En verdad me gusta pensar que hay todo un mundo allá afuera. Con colas de perro por jalar, con plumones de colores por gastar, con juguetes grandes y chicos por romper. Son casi las cinco de la mañana, papá y mamá siguen durmiendo, y la única forma de hacerlos despertar es poniéndome a llorar. Que más da.
Aldo Bendezu I

6.11.06

Escape (olor a barro)




"Escape"

El olor a barro me trae recuerdos. Recuerdos grandes, azules y negros. Y noto que mientras camino mi sombra se disfraza o cambia de forma, o se pierde en algun charco triste, o se esconde debajo de una piedra. Lo he percatado sin querer. A veces zigzagea pensando escapar, esperando que mi mirada se distraiga o que una nube complice se atraviese en mi andar. Lo he percatado, cuando de rodillas y mientras me lavo la cara de cansado con el agua de un rio sereno y opaco, mi sombra llora, esta a mi lado... pero llora, y quiere escapar; se muere de ganas de escapar, cuando una hoja risueña que flota en la corriente la invita a olvidarme y a dejarse llevar. Lo he percatado, cuando me siento al borde del camino y noto que sus manos no son mis manos, que sus pies no son mis pies, y se arrastra en el pasto vociferando temblores y amanazas de sueños perdidos y dolores eternos. Lo he percatado, como suspira al terminar el dia mientras el sol con su tonto ocaso plantea una mentira. Aun tengo el olor del barro dandome vueltas a la cabeza y me trae recuerdos y noto que el camino termina porque lo dice un letrero roñoso. La primera estrella se asoma apática pensando que quiza esta noche otra vez no sonria, ni me vea sonreir. Y en la oscuridad de mi cuarto, entre el cansancio y el miedo, mi sombra se dispara presurosa soñando no volver, soñando no verme nunca mas, con este olor a barro que me destruye, con este recuerdo que me mata.

aldobendezú

26.1.06

Autodestrucción


Lugar: Av San Luis y Av Javier Prado. Lima

Fecha: 26.11.2005

Eso de caminar todo el dia sin saber a donde ir, cansa. Consumir droga, alcohol, wisky, fumar como descosido y soportar el amor de turno, estar absolutamente sucio, subterraneo, pobre y descolorido, es inaguantable. Me rio...me rio de lo seguidores monetaristas del poder capitalista, la sociedad consumista explota lo que para mi es desecho, y desecha lo que para mi es sustancial. Esto de dormir con el frio, casi desnudo, expuesto al sereno de la noche, bajo una frazada hecha de periodicos asquerosos, es insufrible. Y lo peor, estoy desocupado, no consigo ni conseguiré trabajo. Como igual que un perro callejero, estoy royendo mis huesos y mi cerebro es de polvo puro blanco, sin ideas ni esperanzas... desesperadamente... pido ayuda, mas ¿quién confia en mí?... ni yo mismo.

aldobendezú